Mi esclavo está atado indefenso en la cruz de San Andrés, todo expuesto a mis crueles caprichos. Sé que su debilidad más oscura es el cuero, y lo empujo como un arma, presionando mis suaves guantes de cuero en su cara... Luego lo hago lamer los guantes, probando su propia sumisión con cada golpe de su lengua. Mis largas y perversas uñas le trazan el pecho, atormentando sus sensibles pezones, hasta el bulto de cuero que se tensa debajo de sus pantalones. Apreté dentro de él, sintiendo su polla enjaulada palpitar con una necesidad indefensa... Cada toque derrite su cerebro un poco más... pero no voy a desbloquearlo. Disfruto verlo doler, goteando dentro de su jaula con deseo desesperado.