Lua pone a su esclava rellenita de rodillas y le ordena que comience con sus axilas. Levanta los brazos y la gorda se extiende hacia delante y empieza a lamer. Su lengua se desliza sobre la piel húmeda, recogiendo sudor salado. Lua no se mueve, dando acceso a cada hueco. Luego se da la vuelta y le ordena que huela su culo. La esclava entierra su nariz, inhala profundamente, retiene la respiración, repite. Entonces Lua deja que huela sus zapatillas – viejas, empapadas de olor. La zorra presiona su cara en la plantilla, lame los bordes. Por último – los calcetines. Ella los olfatea, luego los pone en su boca y comienza a masticar. Todo lo que siente es sudor, tela y olor de Lua. Una prueba completa de lealtad.